A Verónica Núñez
Desde hace algunos años puede conseguirse en Internet un enorme archivo (de aproximadamente 1gb) con el pretencioso título Carlos Gardel – Obra integral. Al descomprimirlo, nos encontramos con veintiún volúmenes de unas veinte canciones cada uno (tangos, milongas, valses, ritmos criollos) constituidos a modo de pequeños corpus cuyos títulos indican un tema general. Son algunos ejemplos: “Tomo y Obligo (Obra Integral_ vol XIV)”, “Cuidensé Porque Andan Sueltos (Obra Integral_ vol XIII)”, “Acuarelas De Arrabal (Obra integral_ vol XXI)”, etc. No son pocas las ocasiones en que me pregunté acerca de los criterios de formación de estos corpus; en algunos casos prevaleció mi desconcierto más perplejo sobre la inclusión de alguna canción en algún tomo.
Hoy elijo partir de una de estas agrupaciones, “Aquellas Farras (Obra Integral_ vol XII)”, como de algo ya enunciado, y leerla tal cual es. Como garante de mis juicios elijo a Mijail Bajtin y su artículo La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: El contexto de Francois Rabelais, texto que nunca dejo de considerar rico a la hora de pensar lo popular.
El título “Aquellas farras (...)” sugiere a primera vista que las letras harán alguna referencia a la fiesta. Lo prueban las piezas léxicas farra, corso, fiesta, carnaval, verbena, “Concierto” (sic), milonga, baile, serpentina, garufa, bailongo, jarandón, orgía (y repeticiones). No me interesa por lo pronto indicar cuál lexema aparece en cada tango.
Quiero ahora discernir, entre dos especies de fiesta: el estricto carnaval y todas las demás. Según Bajtin, una primera categoría en las manifestaciones de lo carnavalesco es la de las formas v rituales del espectáculo (festejos carnavalescos, obras cómicas representadas en las plazas públicas, etc.)1. Rastreando estas formas rituales y la alusión directa a carnaval y sus sinónimos, digo que la referencia expresa al carnaval se encuentra en Siga el corso, Juventud, Carnaval, Sacate la caretita y Cascabelito. Todo el texto de Siga el corso es la descripción de un carnaval que transcurre en el presente y del cual el narrador participa. Atraen mi atención dos hechos rituales: la supresión de jerarquías (Aquella marquesa/ de la risa loca/ se pintó la boca/ por besar a un clown) y el recurso al disfraz (Sacate el antifaz,/ te quiero conocer...); también entiendo que, entre los poemas que llamé de estricto carnaval, sólo en éste no hay referencias al pasado ni al futuro (el carnaval ocupa toda la narración, en presente). Encuentro entonces en Siga el corso la representación paradigmática de un carnaval sin fronteras de tiempo ni de espacio, muy próxima a la que propone Bajtin. Intuyo que los poemas siguientes diluirán esta feliz fiesta en un jarabe difícil de tragar.
Cascabelito es por completo el recuerdo de un carnaval pasado y terminado en una despedida, pero inserto en una serie de otros carnavales: “Entre la loca alegría/ volvamos a darnos cita/ misteriosa mascarita/ de aquel loco carnaval”. El texto sugiere que los carnavales se repiten, que su paso es cíclico. El juego del disfraz es aceptado por el hombre sin ninguna objeción: él no busca a la mujer tras el atuendo. Siempre la designa con una de dos sinécdoques: misteriosa mascarita y cascabelito. Y más allá: nunca le pide que se descubra. Un pequeño aparte sobre la especie de amor que sucede en esta fiesta. Se trata sólo de una cita, no hay más que “perfumes de tus amores”; un simple beso (“tu boca como un clavel”) es suficiente recompensa “por tener mi alma suspensa” y hasta el mismo ruido de aquel beso es apagado por el sonido del cascabel. Este amor es incompleto, precario y breve. Aunque fugaz, existe un contacto físico concreto, fuera de la dimensión ideal del amor. A este respecto nos dice Bajtin: “El auténtico humanismo que caracterizaba estas relaciones no era en absoluto fruto de la imaginación o el pensamiento abstracto, sino que se experimentaba concretamente en ese contacto vivo, material y sensible”.
Sacate la caretita refiere también al ritual de la máscara. El tiempo es casi por completo presente, excepto por los últimos siete versos: “Que, si nunca más nos vemos,/ para siempre perderemos/ este instante de ilusión. *** Tirame con esa serpentina,/ que un recuerdo quiero yo tener./ Que al mirarlo, como algo tuyo,/ de alegría me haga estremecer.” El hombre pide a la mujer, en el presente, algo que en el futuro será pasado (esa serpentina). Advierte la fugacidad del tiempo, reconoce que está viviendo una ilusión. Marcar así los límites de la fiesta no es gratuito: “estoy sintiendo una loca,/ una loca tentación./ Tentación que me atormenta (...)”. Reconocer que la vida existe después o fuera del carnaval es romper las reglas y, digamos, empezar a pasarla mal.
El narrador de Juventud, otra vez, habla desde el presente, pero lo entiende de manera relativa, haciéndolo pasar por sí mismo en tanto sujeto: su presente equivale a la juventud, previa y opuesta a la vejez. Leo a la juventud como un objeto con los siguientes atributos: risa, dicha, valor, nobleza de espíritu; y al carnaval (cabalmente antropomorfizado), como un sujeto que opera transformaciones sobre un algo pero no, casualmente, la juventud, sino sobre el sujeto hombre en conjunción con la vejez. Digo entonces que este carnaval no rejuvenece: “Yo soy joven, te espero de frente (...)”, que el narrador es joven antes de que comience la fiesta; ni envejece: “con los viejos [con los hombres que ya son viejos] te abusas, cobarde (...)”. Este poema llama muchísimo mi atención. A un lado, se refiere un envejecimiento biológico de sólo tres lustros; al otro, una fuerza siempre perniciosa, el carnaval: “Tu locura, tu cruel ironía/ dejan huellas después que tu pasas (…). Carnaval (...) qué inconsciente/ atropellas con tu bufonada(...)”. El hombre es representado siempre como un ser que padece de modo gratuito. Envejece espontáneamente (ya no hablo del mero proceso biológico) para ser invadido y atropellado después por un loco y cobarde carnaval que se abusa de los viejos. Visto como un argumento lógico, el que hasta aquí describo es del todo falaz. “Tu locura y tu cruel ironía/ dejan huellas después que tu pasas/ y conviertes dichosos en tristes (...)”. Las huellas son marcas del pasado, no hay huellas sin envejecimiento, y ha sido el hombre quien retó al carnaval a herirlo en la segunda estrofa, a dejarle marcas, a transformarlo en viejo. Digo, por fin, que es el hombre joven, en un arresto de compadre, quien se procura la vejez, retando al mismísimo Rey Momo, dándole carnaval a su vida. ¿Entonces? ¿Por qué chillla calavera?
La letra de Carnaval refiere un tiempo muy parecido al de Siga el corso y Sacate la caretita, pero crucialmente distinto: el narrador no participa del festejo, y parece transgredir así otra pauta propuesta por Bajtin: el carnaval es el reino utópico de la universalidad y la igualdad; mientras transcurre, se instituye en una segunda vida de la que no se puede dejar de participar. Si el narrador vive fuera del carnaval, podemos sospechar que éste no sea auténtico. “¿Sos vos, pebeta? ¿Sos vos? ¿Cómo te va?/ (…) Disfrazada de rica estás papa”. Parece que el disfraz de la pebeta no disfraza muy bien, el hombre reconoce a la mujer desde el primer verso. ¿Y el “serio y platudo arlequín” comprador del cariño y la risa?: este carnaval es falso y el poema, una ironía. Por eso puede vivirse desde fuera. Y por eso, su caducidad pesa inminente: “que el disfraz sólo dura una noche/ pues lo queman los rayos del sol.”
Las fiestas que siguen no son carnavales y son, en su mayoría, hechos tristes. Más que por la falta de piezas léxicas que remitan al carnaval, afirmo que las siete siguientes son otras fiestas por su particular relación con el espacio: las arquitecturas cerradas (el cabaret, el teatro, el “turbio bodegón de la ribera, etc.) implican un límite del todo incompatible con aquella segunda vida de la que participa todo un pueblo. En estos nuevos espacios actúan sólo algunos sujetos bien caracterizados. Me atrevo a homologar estas fiestas restrictas con las que Bajtin denomina oficiales: “Las fiestas oficiales (...) no sacaban al pueblo del orden existente, ni eran capaces de crear esta segunda vida. Al contrario, contribuían a consagrar, sancionar y fortificar el régimen vigente. (…): jerarquías, valores, normas y tabúes religiosos, políticos y morales corrientes. Pero como su carácter auténtico era indestructible, [las autoridades] tenían que tolerarla[s] e incluso legalizarla[s].” Y también: “(...) el carnaval no era una forma artística de espectáculo teatral, sino más bien una forma concreta de la vida misma, que no era simplemente representada sobre un escenario, sino vivida en la duración del carnaval.”
Veo en Noches del Colón una referencia al espacio más restricto y más excelente de la fiesta oficial . También veo la aparición enfática de un objeto primordial de la fiesta privada (por oposición a pública): el dinero. Y cuanto más grande es el lujo de la diversión, con más dinero hay que pagarlo. En este tango el hombre nos recuerda su vida de opulento jarandón junto a una mujer de la que, para variar, se enamoró. De más está decir que el varón quiebra las reglas cuando se endilga un amor duradero mientras va de fiesta en fiesta. Pero el abandono de la mujer no implica el fin de la fiesta: formidable, el Teatro Colón sigue de pie en Buenos Aires. Lo que el hombre pierde es el dinero que le permite asistir, y aunque sigue el corso, el hombre tiene que bajarse porque ya no puede pagar su boleto.
En Acquaforte, cabaret es un prototipo del espacio cerrado y la fiesta “oficial”: los cabaret son, en definitiva, comercios sujetos a la ley, aunque apartados del espacio y el tiempo del resto de la ciudad. La “eterna y triste fiesta/ de los que viven al ritmo de un gotán” sucede a contrapelo de las demás horas, el cabaret despierta a medianoche. Tomando distancia del melindre teórico, creo que la última estrofa viene a frustrar sin empacho la sana diversión del buen antro y, ahora sí según mis herramientas, entiendo qué causa mi prurito y el de varios: el hambre y la mendicidad de “(...)las madres que sufren,/ los hijos que vagan (…)” tienen lugar fuera del espacio central. Sucede lo mismo con el “pobre obrero” de la tercera estrofa y el reinado de “(...)aquella pobre mujer que vende flores/ y fue en mi tiempo la reina de Montmartre (...)”. La fiesta descrita en la segunda estrofa no lleva en sí valoraciones negativas; éstas se entienden sólo en relación con un espacio otro. Entiendo que el narrador no participa de la fiesta porque, si bien existen marcas que lo ubican físicamente en el cabaret, se confiesa solo (además de encadenado y viejo). Finalmente, el “todo esto” del penúltimo verso puede llenarse con el contraste entre los dos espacios sumado a una tristeza con la que el narrador se halla conjunto aun antes de transitar el espacio y el tiempo del cabaret.
El Rey del cabaret aparece como el tallador más pintado, “mozo bacán y arrogante”, hasta que recibe en suerte un objeto que el espacio festivo repele: el amor perenne. Pero el dolor no gana la fiesta, y se queda restricto a su “alma herida”. Parecida es la suerte del Patotero sentinental, “rey del bailongo (…), rey del cabaret”, que tuvo “(...)muchas minas/ pero nunca una mujer.”. Pero éste es un auténtico calavera. Rechazó a la mujer, en su pecho “no entró un querer”, y disfraza con la risa “ganas de llorar”. Llanto no. Este hombre sigue de fiesta porque ha evitado contravenir el espacio del bailongo con un verdadero amor y con un dolor visible. Aquí no ha pasado nada, y que siga la milonga. Metáfora mediante, la mujer en Zorro gris esconde en el tapado toda su “angustiosa historia”, sus “lágrimas santas” y “el intenso frío de su alma”. Meter santidad en una farra es funesto como echar municiones a una olla de locro ¿Y el alma? Si aquella santidad es a la manera cristiana, aquella alma deberá ser imperecedera, y flamearla en un baile es un verdadero despropósito: “[La] visión [durante la fiesta popular era ] opuesta a todo lo previsto y perfecto, a toda pretensión de inmutabilidad y eternidad.”, nos recuerda Bajtin. Entonces, aunque triste, esta mujer elige seguir de fiesta, y se procura el modo.
Quiero congregar estos tres últimos poemas en un grupo particular, conforme a los espacios que refieren: dentro del edificio cerrado, el disfraz aparece como un subespacio donde hombres y mujeres parapetan objetos (la memoria, la tristeza, el alma) que la fiesta rechaza.
La mujer de ...y reías como loca, aunque está riendo “en el turbio bodegón de la ribera”, no esconde nada detrás, debajo ni dentro de la risa (estas marcas no existen). Ríe como loca, “(...)más pálida que nunca/más triste y ojerosa.” mientras “(...)el tango en su agonía/ iba llevando en su triste melodía/ el alma enferma de su vida rota.”. Otra vez un alma (pero no está escondida, qué calamidad), rodeada de “tristes bandoneones del suburbio”... Creo que aquí no hay ninguna fiesta o que, en todo caso, la fiesta va llegando a su fin. Suena un tango. “quizá tu último tango”. Es “el tango en su agonía”. Despejen la pista, señores, para el sepelio de Momo.
Hasta aquí todos se disfrazan para seguir de fiesta. Tal ha sido el pragmatismo de los que eligieron vivir de farra. Pero hay tangos para todos. Y si el cuero no nos diera ya para esos trotes, podemos imitar la virtud (que tantos confunden con heroísmo) de La violetera. “La linda violetera,/ mezclada a la alegría,/ disfraza su agonía/ con lírico pregón. (…) La linda violetera/ sus flores va ofreciendo (...)”. Esta damita vende flores en un cabaret para mantener a su hijo pequeño. “¡Caballeros! Son mis flores/ mascotitas de fortuna/ y han de verlo en sus amores/ si se quedan con alguna/ de las que yo les ofrezco aquí...***¡Caballeros! Mis violetas/ han brotado en los jardines/ donde vagan los poetas/ y adorables querubines/ las cortaron para mi.” Vaya lírico pregón... Los perfumados objetos vienen desde afuera del cabaret, de un espacio bien caracterizado como maravilloso (“y adorables querubines...”), y prodigan amores afortunados. Le propongo un ejercicio. Escuche usted cien tangos. Si por ventura encuentra un buen amor, este será, inequívocamente: a)correspondido y (sobre todo) b)duradero. Habrá que ver quienes dejan “las mesas del 'Concierto'” para irse a amar afuera. Más allá de esto, quiero enfatizar que la violetera no está de fiesta, que su disfraz es, permítaseme, una estrategia comercial, y que este poema refiere para ella una trayectoria temporal y espacial que excede por completo los límites del cabaret. En este poema y en el siguiente hallo un asunto excepcional respecto del resto del corpus. Los actores centrales de La violetera y Prisionero son padres, y sus hijos son sujetos de los poemas (realizan acciones o se relacionan con objetos).
Aquí va otro ejercicio: usted ha sido invitado a una fiesta. Antes de enrolarse, y portento mediante, se le concede la certeza de que esa noche no le guarda sorpresa de ninguna clase. No verá a viejos amigos, ni hará nuevos, no bailará con esa rubia que le gusta, ni habrá mujer tal que lo atraiga; por los parlantes no pasará esa canción que lo entusiasma ni por su cuerpo la anagnórisis del vino que libera más rápido que el libro. Pregúntese dos veces: ¿para qué quiere salir de su casa? El prisionero ya contestó que para nada, que se queda: “Porque ahora tengo un pibe/ que es mi vida y mi ilusión. (…) A mi casa trajo el cielo,/ ángel de mi corazón (...)”. El segundo verso que traigo llega a manos del estructuralista subrayado de antemano. Bajtin nos cuenta que “(...)durante el carnaval es la vida misma la que interpreta, y durante cierto tiempo el juego se transforma en vida real.” Si la “vida real” es vida real, y el juego no lo es (tiene que transformarse en ésta), el juego es “vida ilusoria”. Si el pibe es para el prisionero vida e ilusión, el pibe es toda vida posible y el prisionero no puede jugar ya al carnaval ni a nada. “(...) y me tiene prisionero/ tan a gusto, compañeros,/ que me quedo en la prisión.” Este hombre no es libre ni quiere serlo. Unirse al corso que pasa frente a su zaguán sería emanciparse. “En el curso de la fiesta sólo puede vivirse de acuerdo a sus leyes, es decir de acuerdo a las leyes de la libertad”. Sine qua non, tal lo dice Bajtin. Un breve aparte sobre la renovación que proverbialmente ocurre en la fiesta de carnaval: en este tango se refiere un nacimiento reciente (… ahora tengo un pibe…) pero sucedido antes del primer verso, y éste viene a cambiar por completo el estado de cosas, aunque para siempre. Es el orden de la inmutabilidad, y el final de la serie de cambios. Un hecho así tiene lugar, sin excepción, fuera de la fiesta.
Carnavales aparte, las ocho fiestas pasadas trajeron, digamos, el chasis cruzado. Han sido madriguera de tristes, mero puesto de feria o convite rechazado. Quiero dedicar un párrafo aparte a tres tanguitos donde la gente se divierte en buena ley. Estos son Calavera viejo, Dos en uno y La reina del tango. Sentí la tentación de estropear el lexema “calavera” buscándolo en el diccionario. ¿Para qué? Desde el Barrio de las Latas a Corrientes y Esmeralda chocan dos adoquines y dicen “calavera no chilla”. Traspuesto a gusto de la academia: “calavera: s. m. Dícese del que no se lamenta”. Conforme a la manera en que los poemas vienen comentándose, quiero destacar un solo atributo para este hombre: es rico (“Calavera viejo, rico y bonachón(...)”), y entiendo que por esto puede seguir indefinidamente de farra. Creo, sin pretender mayor indagación, que sus “amores” no pasan de aventuras y que por eso abundan tanto. La “Yunta brava del asfalto donde talla el bacanaje(...)” de Dos en uno es una parejita de muchachas pobres que se endomingan con esmero (otra vez: se disfrazan) para volver “otario2 al pillo” proporcionándole una ilusión contante y sonante. Y “Hacen bien de divertirse y tirar por la ventana/ese cacho de la vida que se llama “juventud”.”. Las muchachitas llegan a la fiesta “portadoras de alegría”, y por eso pueden aprovechar el tiempo de la milonga descoyuntándose las caderas. No se disfrazan para esconder nada, sino para divertirse mejor. Remití a Bajtin estos versos: “Marquesitas suburbanas, portadoras de alegría, /cascabeles bullangueros del ruidoso cotillón”. Su comentario fue el siguiente: “[El carnaval] se caracteriza principalmente por la lógica original de las cosas "al revés" y "contradictorias", de las permutaciones constantes de lo alto y lo bajo (la "rueda"), del frente y el revés, y por las diversas formas de parodias, inversiones, degradaciones, profanaciones, coronamientos y derrocamientos bufonescos”. “Marquesitas suburbanas” tiene toda la apariencia de un oxímoron3, es decir, de una contradicción y hasta una parodia. A vuelta de correo, mandé a Bajtin el poema Reina del tango, para el cual repitió su comentario anterior subrayando las últimas cuatro palabras: “(...) coronamientos y derrocamientos bufonescos”. La “reina del tango” ha sido coronada por el mismísimo baile, que opera tantas veces en el corpus como sinécdoque de la fiesta4 : “(...) la ciencia canera/ de saber bailar/ prendió una diadema/ de rante5 nobleza/ sobre tu cabeza/ reina del gotán”.
Algo me preocupó durante estas ocho páginas: Bajtin ubica al carnaval, mejor dicho, a los carnavales, en una serie indefinida de “momentos” sobre el tiempo lineal, tal como sucede con, por ejemplo, el receso universitario invernal. Sin esfuerzo se entiende a este tiempo como cíclico. Cumplido un lapso de tiempo x, hay una fiesta que dura otro tiempo y. Pero son pocos los poemas refrendan esto. Cascabelito y quizá Juventud. Más se dice de la vida, única y lineal, de los hombres, y del tiempo consensuado para la fiesta, “ese cacho de la vida que se llama juventud”. Entiendo entonces que aquellas farras disienten con el carnaval en dos hechos determinantes: 1) suceden permanentemente y 2) son unos espacios y unos tiempos independientes de los sujetos que los transitan, como lo es la peatonal 9 de julio. De ahí que la reina del tango “(...)algún día tendrá que bailar/ el tango grotesco del Juicio Final.”, aunque para otros siga el baile.
Me propongo ensayar por fin una conclusión respecto del tiempo hasta aquí descrito. Pido consejo por última vez al ilustre paisnano de mis abuelos: “La muerte y la resurrección, las sucesiones y la renovación constituyeron siempre los aspectos esenciales de la fiesta.” Hasta ahí. Sólo José Ferreyra en … y reías como loca certificó la defunción de Momo. El resto de los poetas se limitó a cantar el fin de la fiesta para algunos a título de toda caducidad posible. Unas líneas más arriba caractericé todas estas fiestas (excepto los carnavales) con dos atributos: “ 1) suceden permanentemente y 2) son unos espacios y unos tiempos independientes de los sujetos que los transitan”. Deduzco ahora que el mundo, o algunas partes del mundo viven de fiesta. Lo que se sucede o se renueva son los invitados. El hombre-individuo (o si gusta más, sujeto) es el que muere. El hombre concepto, especie o categoría no. En este modesto universal, los viejos son sucedidos y reemplazados indefinidamente por jóvenes que, con una u otra fortuna, se dejan arrear.
Allano así el camino para comentar por fin el primer tango del corpus: Aquellas farras. El estribillo es brevísimo y esclarecedor: “Adiós amigos de entonces/ ya estamos viejos de tanto andar”. Los santos milongueros de esta pieza ya están sobrios y amanecidos. Su tiempo particular se acabó. Pero vaya que valió la pena envejecer. Hoy pueden hablar del “Siglo de oro de ese tiempo”. Sin sofisterías, el narrador atribuye su vejez y la de la barra al “tanto andar”. Extiendo así mi conclusión: todos estos poemas ponen el acento en las edades del espíritu ( no en las del cuerpo) a cuyos años de juventud les llega, invariablemente, la fiesta.
Esquemáticamente: haber estado de fiesta =>6 haber sido joven y haber sido joven =>ser viejo. Entonces haber estado de fiesta => ser viejo. Si le convence mi argumento, dígalo conmigo: la fiesta nos envejece.
Quiero terminar comentando la letra de Gimiendo, única que describe un hecho de sangre. Ésta va de un “taita arrabalero” que mata para cobrarse una traición de mujer. Aunque “(...) el acero bien templado/ manchó de rojo bata de percal.”, parece que el muerto es un hombre, y que el abuso del cliché desconcentra a los poetas. No he querido hasta ahora hacer mención a la locura referida en las demás letras. Pero acá pasa algo raro: “Bailaba engrupida/ por el Ñato Abrojo/ y leí en sus ojos: le hablaba de amor./ Perdí la cabeza,/ relució la faca,/ triunfó la destreza/ ¡y ganó el mejor!”. Engrupir es embelesar, vender humo. Dar ilusión. Se parece a lo que pasa en las fiestas. A ella la engrupen y él se vuelve loco. Llevar una punta al baile, se sabe, es poco recomendable. Hablar de amor -como el Ñato Abrojo- o estar enamorado en una fiesta (lo he dicho ya) – como el taita -, también. Estas dos circunstancias reunidas catalizan una desgracia excepcional. Vea, si no: al Ñato Abrojo lo bajaron del corso y de este mundo; y cuentan que el taita arrabalero, abominando de la semiótica y echando epítetos injuriosos sobre Mijail Bajtin, gritaba así: “¡En el curso de la fiesta sólo puede vivirse de acuerdo a sus leyes, es decir de acuerdo a las leyes de la libertad. Sáqueme los ganchos, comisario!”
Bibliografía y fuentes electrónicas
ACADEMIA Argentina de Letras. Diccionario del habla de los argentinos (Segunda edición aumentada y corregida), Buenos Aires, Emecé Editores, 2008, 704 p..
BAJTIN, Mijail. La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: El contexto de Francois Rabelais. Transcripción de www.marxists.org, corrección de Oliver Beltrán para www.cinosargo.bligoo.com, 2008.
REAL Academia Española. Diccionario de la lengua española (Vigésima segunda edición), http://www.rae.es/rae.html
RODRÍGUEZ, Adolfo Enrique. De 12.500 voces y locuciones lunfardas, populares, jergales y extranjeras, Buenos Aires, Edición electrónica para www.todotango.com, ¿Año?
Carlos Gardel - Aquellas Farras (Obra Integral_ vol XII)7
Tiempos viejos y compadres de mi vida cadenera que ya no volverán mis años a gozar. Qué habrá sido de esa barra, bravucona y trensillera, que tanto dio que hablar por su guapear. Adiós, amigos de entonces, ya estamos viejos de tanto andar. Marcando una candombeada fue luciendo medias lunas y entre cortes y quebradas iba el tango provocador. Me acuerdo de aquellas farras que entre fueyes dormilones, rimaban los corazones un pasaje sentimental. Siglo de oro de ese tiempo en que el ñato Monteagudo, borracho de pernod, se quiso suicidar. Y del loco Puentecito y del viejito Lozano No los he vuelto a ver, ¿dónde andarán? Adiós, amigos de entonces, ya estamos viejos de tanto andar. Enrique Cadícamo Siga el corso Esa Colombina puso en sus ojeras humo de la hoguera de su corazón... Aquella marquesa de la risa loca se pintó la boca por besar a un clown. Cruza del palco hasta el coche la serpentina nerviosa y fina; como un pintoresco broche con curiosidad. Ya no me conocen: estoy solo y viejo, no hay luz en mis ojos... La vida se va... Un viejo verde que gasta su dinero emborrachando a Lulú con el champán hoy le negó el aumento a un pobre obrero que le pidió un pedazo más de pan. Aquella pobre mujer que vende flores y fue en mi tiempo la reina de Montmartre me ofrece, con sonrisa, unas violetas para alegrar, tal vez, mi soledad. Y pienso en la vida: las madres que sufren, los hijos que vagan sin techo ni pan, vendiendo "La Prensa", ganando dos guitas... ¡Qué triste es todo esto! ¡Quisiera llorar! Juan Carlos Marambio Catán Juventud Carnaval, que tu risa burlona nos invade dominios del alma; al que ríe le abres tus brazos; al que sufre le robas la calma. Tu locura, tu cruel ironía dejan huellas después que tú pasas; y conviertes dichosos en tristes a esos pobres ya nadie los salva. ¡Carnaval, carnaval, qué inconsciente atropellas con tu bufonada! Yo soy joven, te espero de frente, dile a Momo que saque su espada... Nada temo a tus burlas hirientes, tu sarcástica mueca me encanta. Te provoco... Conmigo no puedes; yo soy joven y nada me espanta. Por ahora te aguardo radiante, y festejo con gusto tus farsas, embriagado mi espíritu noble con el ruido de alegres comparsas. Mas yo sé que pasados tres lustros, volverás a iniciar el combate; con los viejos te abusas, cobarde; yo no pido ni quiero rescate. Roberto Barboza ¡Caballeros! Son mis flores mascotitas de fortuna y han de verlo en sus amores si se quedan con alguna de las que yo les ofrezco aquí... ¡Caballeros! Mis violetas han brotado en los jardines donde vagan los poetas y adorables querubines las cortaron para mi. La linda violetera, mezclada a la alegría, disfraza su agonía con lírico pregón... Un día dio su alma fragante cual sus flores y fueron sus amores pagados con traición. Le queda del romance la más preciosa herencia la luz de su existencia: Un niño... ¡Que es un Dios! Por él y por sus dulces ensueños que se han muerto, de pronto en el "Concierto" pregona así mi voz: ¡Caballeros! Conmovido desparramo el canastillo y por ella yo les pido que den vuelta los bolsillos todos los que tengan corazón. ¡Caballeros! ¿Hay alguno que no compre ni un ramito al saber que cada uno dará pan para un nenito y a una madre protección? Francisco García Jiménez Rey del cabaret Era un mozo bacán y arrogante, bien peinado al Coty y con gomina, por el cual se trenzaban las minas mendigando una frase de amor. Le llamaban rey de la milonga y mujer que pasó por su lado en sus brazos de niño mimado sin esfuerzo ninguno cayó. Rey del cabaret, rey sin corazón: Rían, conozco esa alegría que pone, al otro día, más triste que antes. Déjenme al borde de esta cuna cuidando mi fortuna con ojos amantes. Yo me quedo aquí, nada iré a buscar, más no yo puedo pedir. Francisco García Jiménez Carnaval ¿Sos vos, pebeta? ¿Sos vos? ¿Cómo te va? ¿Estás de baile? ¿Con quién? ¡Con un bacán! ¡Tan bien vestida, das el golpe!... Te lo digo de verdad... ¿Habré cambiado que vos, ni me mirás, y sin decirme adiós, ya vas a entrar? No te apresures. Mientras pague el auto tu bacán, yo te diré: ¿Dónde vas con mantón de Manila, dónde vas con tan lindo disfraz? Nada menos que a un baile lujoso donde cuesta la entrada un platal... ¡Qué progresos has hecho, pebeta! Te cambiaste por seda el percal... Disfrazada de rica estás papa, lo mejor que yo vi en Carnaval. La vida rueda... También rodaste vos. Yo soy el mismo que ayer era tu amor. Muy poca cosa: un buen muchacho, menos plata que ilusión. Y aquí en la puerta, cansado de vagar, las mascaritas al baile miro entrar. Vos entrás también y la bienvenida, a media voz, yo te daré. Divertite, gentil Colombina, con tu serio y platudo Arlequín. Comprador del cariño y la risa, con su bolsa que no tiene fin. Coqueteá con tu traje de rica que no pudo ofrecerte Pierrot, que el disfraz sólo dura una noche, pues lo queman los rayos del sol. Francisco García Jiménez la miseria a renovar el recuerdo de otras horas, si hasta el aire cuando pasa trae la sorda risa helada de la que así me perdió! Yo le di el amor más noble y mi hogar, mi vida entera; yo por ella perdí el nombre y pensando sólo en ella fui de todo, hasta ladrón. Los paraísos del alcaloide por olvidarla yo paladeé y por las calles, como soñando, hecho un andrajo me desperté. En las grandezas que da el dinero no pongas nunca tu vanidad, que mi fortuna fue como un sueño y traicionera mi realidad. ¡Cuánta plata en las carreras junto a ella dejé yo! ¡Qué de amigos en mi mesa de mantel de puro hilo que se fueron como el vino que mi mano les brindó! Son más crueles que el invierno del destino los rigores... ¡Gran señor y pordiosero yo también tuve mis pobres en mis noches de Colón! Roberto Lino Cayol Calavera viejo Calavera viejo, rico y bonachón, ¡qué alegre paseás tu porte gentil! Al mirar tu pinta brava de varón el tiempo que se fue lo siento revivir. Muchos años han pasado y no aflojás en lances de amor ni en farras que ves porque en todas las garufas demostrás que no te asusta el tren de amores y champán. ¿Te acordás las amarguras que en un tiempo soportamos y las noches que pasamos pensando en la mishiadura? ¿Te acordás, viejo, con cuanto aspamento miramos el vento las noches aquellas? ¿Y cuando deseosos de un peso nos vimos lloraban quizá tu último tango. José Ferreyra Patotero, rey del bailongo, patotero, sentimental. Escondés bajo tu risa muchas ganas de llorar. Ya los años se van pasando y en mi pecho no entró un querer. En mi vida tuve muchas minas pero nunca una mujer... Cuando tengo dos copas de más, en mi pecho comienza a surgir el recuerdo de aquella fiel mujer que me quiso de verdad, y yo, ingrato, abandoné. De su amor me burlé sin mirar que pudiera sentirlo después, sin saber que los años al correr iban, crueles, a amargar a este rey del cabaret. ¡Pobrecita! ¡Cómo lloraba cuando ciego la eché a rodar...! La patota me miraba y... ¡no es de hombre el aflojar! Patotero rey del bailongo, de ella siempre te acordarás. Hoy ríes... pero tu risa ¡sólo es ganas de llorar! Manuel Romero Negros barrotes de una cárcel borraban para el mundo la fama de un matón fuerte en agallas y osadía, en las sangrientas contiendas a facón. Dos costurones, cicatrices, cruzaban el escracho del matón, testigos mudos de su acción. Venga y escuche, carcelero, llenos de dulce embeleso, el ruido de nuestro beso lo apagó tu cascabel. Juan Andrés Caruso La reina del tango Flor de noche que al sordo fragor del champán descorchado triunfás, reina loca que un juego de amor lentamente, bailando, trenzás. Tu compás es el ritmo sensual que en la alfombra retuerce el gotán y tu pinta elegante y teatral se muestra orgullosa junto a tu bacán. Sos reina del tango, papusa ruflera, la ciencia canera de saber bailar prendió una diadema de rante nobleza sobre tu cabeza reina del gotán. Tiembla en tus caderas la música rea, es la melopea que a tu corazón muy a la sordina le hace un contracanto que aumenta el quebranto de tu perdición. El gotán se te fue al corazón como un dulce chamuyo de amor y es por eso que en esta canción encontrarás alegría y dolor. Che, milonga, seguí el jarandón, meta baile con corte y champán, ya un noche tendrás que bailar el tango grotesco del Juicio Final. Enrique Cadícamo Zorro gris Cuantas noches fatídicas de vicio tus ilusiones dulces de mujer, como las rosas de una loca orgía les deshojaste en el cabaret. Y tras la farsa del amor mentido al alejarte del Armenonville, era el intenso frío de tu alma | sobre la noche del Carnaval. Decime quién sos vos, decime dónde vas, alegre mascarita que me gritas al pasar: "-¿Qué hacés? ¿Me conocés? Adiós... Adiós... Adiós... ¡Yo soy la misteriosa mujercita que buscás!" -¡Sacate el antifaz! ¡Te quiero conocer! Tus ojos, por el corso, va buscando mi ansiedad. ¡Tu risa me hace mal! Mostrate como sos. ¡Detrás de tus desvíos todo el año es Carnaval! Con sonora burla truena la corneta de una pizpireta dama de organdí. Y entre grito y risa, linda maragata, jura que la mata la pasión por mí. Bajo los chuscos carteles pasan los fieles del dios jocundo y le va prendiendo al mundo sus cascabeles el Carnaval. Francisco García Jiménez Acquaforte Es media noche. El cabaret despierta. Muchas mujeres, flores y champán. Va a comenzar la eterna y triste fiesta de los que viven al ritmo de un gotán. Cuarenta años de vida me encadenan, blanca la testa, viejo el corazón: hoy puedo ya mirar con mucha pena lo que otros tiempos miré con ilusión. Las pobres milongas, dopadas de besos, me miran extrañas, Dos en uno Yunta brava en el asfalto donde talla el bacanaje. Figulinas pretenciosas con melenas de champán, ¡Qué dirían si las vieran los del turbio sabalaje al junarlas dibujando las cadencias de un gotán!... Siempre amigas, van corriendo las verbenas de los a [días. Son dos cuerpos que andan juntos con un mismo nada nada [corazón. Marquesitas suburbanas portadoras de alegría, cascabeles bullangueros del ruidoso cotillón. Dos en uno... ¡Yo las juno! Es el nombre que la barra en los momentos de farra así les sabe llamar. Yunta brava... ¡Che garabas! Que vuelven otario al pillo... ¡También, con todo ese brillo, quién no se va a encandilar! Hacen bien de divertirse y tirar por la ventana ese cacho de la vida que se llama: “juventud”. Si este mundo, al fin de cuentas, nos resulta una nada nada [macana porque siempre van del brazo la impudicia y la nada nada [virtud... Ese marco tan diquero que les da tanta parada es el lustre distinguido necesario pa’ triunfar... ¡No han junado un par de tarros, al fajarle una nada nada [lustrada, como cambian su pobreza y se ponen a brillar! Enrique Cadícamo La violetera La linda violetera sus flores va ofreciendo... Las bromas respondiendo con gracia espiritual. Y al serio y al alegre, y al rico y al pobrete les deja un ramillete prendido en el ojal. Las mesas del "Concierto", ruidosas de alegría, con bella mercancía se acerca a perfumar y en este reino loco del vino y de la risa serena se desliza diciendo así al pasar: las mujeres te perdieron con su torpe adoración. Rey del cabaret, vivís sin amor y por tu alma pasa siempre una sombra de dolor. Pero al fin se cruzó en su camino una paica de gran entereza, a quien no dominó su belleza y esa fue la que a todas vengó. El calor de la marca de fuego transformó su capricho en cariño y aquel taita lloró como un niño, mendigando una frase de amor. Rey del cabaret, ¡cómo la querés! ¿A qué andás disimulando si olvidarla no podés? Rey del cabaret, sufrís por amor y hoy sentís en tu alma herida los pinchazos del dolor. Manuel Romero Prisionero Salgan, amigos, de su engaño, si piensan, como antaño, llevarme de farra. Sigan de largo por mi puerta, que ya no estoy alerta ni espero a la barra. Algo más lindo que la calle, que el trago y que los bailes de adentro me agarra. Dos manitas son, en el mismo umbral, las que pueden más que yo. Porque ahora tengo un pibe que es mi vida y mi ilusión, que apacigua con ternura tanta locura. A mi casa trajo el cielo, ángel de mi corazón, y me tiene prisionero, ¡tan a gusto, compañeros que me quedo en la prisión! Sigan, mis viejos camaradas, sembrando carcajadas camino adelante. Sacate la caretita Sacate la caretita, sacate la caretita que te quiero conocer. Y esta cara tan bonita, elegante mascarita, un poquito quiero ver. Tus labios cuando suspiran, tus ojazos cuando miran están llenos de pasión. Y tu dulce carcajada, como tu triste mirada, me llega hasta al corazón. Mascarita no te tapes tanto, que la cara yo te quiero ver. Levantate un poco la careta, para que te pueda conocer. Son tus ojos dos puntas de fuego que se ocultan tras del antifaz. El recuerdo de tus lindos ojos de mi alma no se irá jamás. Debe ser tu linda boca estoy sintiendo una loca, una loca tentación. Tentación que me atormenta, dejame una vez que sienta esa dulce tentación. Quien amar tanto se afana no me dejes con las ganas, mascarita de mi amor. Que, si nunca más nos vemos, para siempre perderemos este instante de ilusión. Tirame con esa serpentina, que un recuerdo quiero yo tener. Que al mirarlo, como algo tuyo, de alegría haga estremecer. Juan Andrés Caruso Noches del Colón También los goces que da el dinero en otros tiempos los tuve yo y en las veladas del crudo invierno en auto propio llegue al Colón. Por los gemelos acribillado supe a las damas interesar, mientras lucía desde mi palco el blanco peto del rico frac. ¡A qué vuelve a mi memoria y después nos fuimos meta garufear? Hoy que traigo a mi memoria el tiempo aquel de la juventud que no vuelve más, me da gusto cuando veo que tenés como en tu mocedad posturas de galán. Hacés bien, seguí la farra sin cesar pues todo pa' vos debe ser así. Sos, hermano, un calavera que al dolor vos siempre le encontrás remedio en el amor. Hoy al ver que tu pilchaje no tiene el corte fulero de aquel traje dominguero que tantas veces lo usaste, yo pienso, hermano, que también nosotros hoy somos como otros que viven sonriendo y del pasado, que se va borrando vamos recordando las horas de ayer. Carlos Gardel / José Razzano … y reías como loca Yo te he visto, mujer, aquella noche, en el turbio bodegón de la ribera, entregarte de lleno, tal cual eras, de penas, alegrías y dolores, a los tristes bandoneones del suburbio que en un tango lloraban sus amores; yo te vi, mujer, aquella noche, más pálida que nunca, más triste y ojerosa, y vi que tu vida estaba trunca y quemabas tus alas de linda mariposa. Y no sé, mujer, por qué, si de coqueta o de nerviosa, de rara o vanidosa, reías y reías como loca. Y sin darte cuenta tú de que el tango en su agonía iba llevando en su triste melodía el alma enferma de tu vida rota. Oh, mujer, que aquella noche, en el turbio bodegón de la ribera reías y reías como loca, sin saber que tu vida estaba rota y los tristes bandoneones del suburbio que un taita arrabalero su historia va a contar, cuando el acero bien templado manchó de rojo, bata de percal. Bailaba engrupida por el ñato Abrojos y leí en sus ojos le hablaba de amor. Perdí la cabeza, relució la faca, triunfó la destreza ¡y ganó el mejor! Venga y escuche carcelero y llévele esta carta que gime mi sentir, que en las penumbras de la cárcel un nuevo sol de amor, puede lucir. Diga que siempre la recuerdo, en medio del dolor de mi prisión la llevo aquí, en el corazón. Diga a la ingrata que no vivo; que una nube de odio mi espíritu cegó y que la faca del malevo por limpiar una mancha... se empañó. Juan Pablo Pérez Cascabelito Entre la loca alegría volvamos a darnos cita misteriosa mascarita de aquel loco Carnaval. Donde estás Cascabelito, mascarita pizpireta, tan bonita y tan coqueta con tu risa de cristal. Cascabel, Cascabelito; ríe, ríe y no llores que tu risa juvenil tenga perfumes de tus amores. Cascabel, Cascabelito; ríe, no tengas cuidado que aunque no estoy a tu lado te llevo en mi corazón. Mascarita misteriosa, por tener mi alma suspensa me ofreciste en recompensa tu boca como un clavel. Y cuando nos despedimos lo que abrigabas con tu zorro gris. Al fingir carcajadas de gozo ante el oro fugaz del champán, reprimías adentro del pecho un deseo tenaz de llorar. Y al pensar, entre un beso y un tango, en tu humilde pasado feliz, ocultabas las lágrimas santas en los pliegues de tu zorro gris. Por eso toda tu angustiosa historia en esa prenda gravitando está. Ella guardó tus lágrimas sagradas, ella abrigó tu frío espiritual. Y cuando llegue en un cercano día a tus dolores el ansiado fin, todo el secreto de tu vida triste se quedará dentro del zorro gris. Francisco García Jiménez |
1 Quiero descartar ahora mismo cualquier planteo reduccionista, esto es, cualquier equiparación entre la fiesta plena que describe Bajtin y aquellas farras de estos poemas. Me interesa, más bien, medir las características del antiguo rito europeo con las fiestas que describen los tangos del corpus para, por fin, practicar una caracterización autónoma de estas últimas.
2En una de sus acepciones populares, “otario” es la de un “bacán” devenido patrocinador de los lujos de una prostituta.
3Oxímoron. (Del gr. ὀξύμωρον). 1. m. Ret. Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador. Diccionario de la Real Academia Española, 22º edición.
4Para una mejor lectura de este hecho, sugiero interpretar al tango como dispositivo según la teoría foucaulteana,
5RANTE (lunf.) Afer. de Atorrante (G. y P.); haragán (REV. P.), vago (YAC.), pobre (BRA.); poco afecto al trabajo. Adolfo Enrique Rodríguez Comisario General (R). De 12.500 voces y locuciones lunfardas, populares, jergales y extranjeras.
6Implica.
7Confesé en mi introducción haber encontrado las pistas musicales (no el texto de los poemas) de este volumen y de todos los demás en un archivo “.rar” con el nombre “Carlos Gardel_Obra Integral”. Desconozco por completo cuándo se practicó la recopilación o quién la hizo. Un archivo similar (difiere sólo en un disco) puede encontrarse en http://www.torrentz.com/4a71a2853ae515195e7346c5507822ae82336799 . Las transcripciones provienen de www.todotango.com .